Me imagino a mí mismo hace unos años, enfrentándome a un problema: treinta pestañas de Stack Overflow abiertas, varios escritorios con documentación distinta y una libreta garabateada sobre la mesa. Y me imagino a ese yo del pasado observando a mi yo del futuro. Este describe el problema a una IA con vaguedades y sin mucho interés, y recibe la solución en diez segundos. No sé si el yo del pasado sentiría más envidia o más indignación.
Al acabar no me siento del todo a gusto, a pesar de que el problema ha quedado resuelto.
Hay fricción.
Es curioso, porque cuando pongo la lavadora no tengo un nudo en el estomago por no lavar la ropa a mano. Nadie guarda luto por la tabla de lavar. Aunque quizá no siempre fue así. Hay una vieja leyenda publicitaria según la cual los preparados para bizcocho de los años cincuenta empezaron a venderse mejor cuando la receta pedía añadir un huevo, para que quien lo hacía sintiera que había cocinado de verdad. Probablemente es más mito que historia, pero que haya sobrevivido tanto tiempo dice algo: necesitamos creer que lo que hacemos nos ha costado algo.
Con la IA automatizamos la cabeza no las manos. Y la cabeza es justo donde habíamos guardado nuestra identidad.
¿De dónde viene esta culpa?
Me imagino a dos burgueses del siglo XVIII, acostumbrados al valor de su tiempo como estaban, urdiendo un malévolo plan. Querían convencer a sus empleados, y por contagio a la sociedad entera, de que "el valor humano de cada individuo se evalúa en función del esfuerzo aplicado a su trabajo, multiplicado por el valor cuantificado del tipo de trabajo realizado". Los historiadores me dirán que la cosa viene de antes, de los predicadores protestantes, y tendrán razón. Pero déjenme la escena, que es más divertida.
Fíjense en la letra pequeña: el multiplicador lo ponían ellos. El obrero podía sudar el doble, pero su trabajo valía la mitad. La táctica debió de ser buena, porque la sociedad abrazó ese valor como uno de los pilares de lo que debía ser un hombre de provecho. De la mujer de provecho, la fórmula ni se ocupaba: su esfuerzo directamente no cotizaba.
Y aquí viene lo interesante: los que diseñaron la fórmula nunca se la aplicaron. El burgués media en rentas, no en gotas de sudor. La moral del esfuerzo fue siempre un producto de exportación hacia abajo. Quizá por eso la incomodidad que siento ante la IA es, en el fondo, un sentimiento de clase trabajadora. El directivo que le encarga un informe a la IA no siente ninguna culpa, porque lleva toda la vida delegando. Quien siente que hace trampa es quien aprendió que su valía dependía de cuánto le costaban las cosas.
Entonces, ¿tiramos el esfuerzo por la borda, junto con las pelucas empolvadas de nuestros burgueses?
Aquí se me complica la cosa.
Volvamos a la escena del principio. Mi yo del futuro puede describir el problema con vaguedades precisamente porque mi yo del pasado se tragó las treinta pestañas. Sé si la respuesta de los diez segundos está bien porque me costó muchas tardes aprender a saberlo. Sé cuándo la solución funciona pero es una chapuza. Sé cuándo resuelve el problema que le he descrito y no el que realmente tengo. Nada de eso lo aprendí leyendo respuestas correctas: lo aprendí repitiendo y fallando en bucle.
El esfuerzo del pasado es lo que hace posible la pereza del presente.
¿Qué pasa con quien empieza hoy? Suele decirse que las nuevas generaciones no arrastran esta relación artificial entre trabajo y valía personal, y puede que sea verdad. Pero si nunca tienen sus tardes de treinta pestañas, ¿de dónde sacarán el criterio para saber cuándo la máquina se equivoca? Quizá se libren de la culpa, pero también de la formación que venía con ella. No tengo claro que sea un buen negocio.
Hay además un problema más práctico. Todo nuestro sistema de evaluación está construido sobre el esfuerzo visible. El examen mide lo que eres capaz de producir tú solo, sin ayuda, en un tiempo limitado. La oposición premia las horas de temario memorizado. La evaluación del desempeño, con más o menos disimulo, premia al que se queda hasta tarde. Son máquinas de medir gotas de sudor.
¿Cómo vamos a distinguir entre estudiantes, entre trabajadores o entre opositores si el sudor deja de verse? Si dos personas entregan el mismo trabajo impecable, una tras semanas de pelea y otra tras diez segundos de prompt, el trabajo vale lo mismo. Las personas quizá no. Pero la diferencia entre ellas no está en el sudor, sino en poso del esfuerzo, y no se si alguien sabe como medir esto, yo no.
Quizá los burgueses del XVIII acertaron sin querer. No acertaron en que el esfuerzo midiera el valor humano, porque eso era una trampa. Acertaron en que el esfuerzo dejaba algo. Nuestro error fue medir el coste y llamarlo valor.
Tal vez lo obsoleto no sea el valor en sí, sino nuestra costumbre de confundir lo que algo cuesta con lo que algo vale.