Un domingo por la tarde la caldera empieza a hacer rudos. Le preguntamos a la IA. ¿que puede ser? ¿Cierro la llave? ¿Llamo a al técnico o compro la pieza? El lunes siguiente el fontanero llega (está claro que la historia es inventada, nunca un fontanero ha llegado tan rápido a solucionar una avería), revisa el circuito, le da vueltas a la gorra y finalmente nos indica que el problema está en el vaso de expansión. Le volvemos a preguntar a la IA (por si las moscas). La IA dice que seguramente se solucione bajándole la presión de la válvula de llenado automático. Le hacemos caso a la IA.
La solución de la IA es plausible. Lo curioso es que en casa ya no somos dos adultos decidiendo que hacer ante un problema. Somos tres adultos, nosotros mismo lo hemos dejado pasar hasta el salón de casa, le consultamos nimiedades y cosas complicadas, incluso cosas muy personales. Pero este tercer adulto no va a pagar el arreglo de la calefacción si se estropea.
Hace unos días hablaba con amigos sobre el libre albedrío. Con la premisa de que si la IA es una máquina de Turing, su respuestas está determinadas y no tiene libertad.
Aquí hay un detalle «máquina de Turing» habla de lo que un sistema puede calcular, no de si es determinista. Además de que un modelo con contexto finito no llega a serlo. Esa pelea la aplazamos para otro día.
Segundo detalle. Un modelo de lenguaje calcula las probabilidades de la siguiente palabra y luego hace un «sorteo». A temperatura cero no hay sorteo escoge la que más probabilidad tiene. Debería salir siempre lo mismo. Y no sale.
¿Por qué sucede esto? En coma flotante el orden de las sumas cambia el resultado:
(0.1 + 0.2) + 0.3 → 0.6000000000000001
0.1 + (0.2 + 0.3) → 0.6
What! si, si habéis usado una calculadora Casio 82 Fx (la del cole), seguramente por pura chiripa habéis obtenido un resultado como este. En un servidor ocurre lo mismo, solo que aquí ni siquiera eres tu el que decide el orden, hay muchísima gente haciendo preguntas simultáneamente, así que la situación se da mas veces. Si la siguiente palabra que le toca calcular está casi empatada con otra, el redondeo decide quien gana... y a partir de una palabra distinta el resto de las frases ya no son lsa mismas.
Esto no es libertad. Si tuviéramos una maquina ideal y pudiéramos conocer el estado completo del sistema, la respuesta seria conocida. Es impredecible para ti, no indeterminado. A nosotros nos ocurre algo parecido: no saber que vamos a hacer no es la demostración de que no esté escrito.
Sin dados no hay
guion
Podríamos pensar que ser impredecible es la condición para tener libre albedrío. Lo unimos al pensamiento del azar como un problema ingenieril sin resolver (en realidad hay generadores que funcionan con ruido térmico, fenómenos cuánticos... y el procesador de tu ordenador ya llevan uno.)
Imaginemos un generador de números aleatorio perfecto y obligamos a la IA a utilizarlo. No la hace más libre. Por que un dado también es impredecible, pero nadie dice: «el dado elige».
Llegamos a la trampa. Si todo está determinado, no eliges -> sigues un guion. Si hay azar, tampoco -> te toca. Entre el guion y la lotería la libertad no asoma por ningún lado.
De existir, está en otro lado.
Autoconcedido
La intuición me dice que el libre albedrío, es una propiedad concedida. Si te la concede alguien de fuera, te la puede retirar (y normalmente pide algo a cambio). Así que me interesa más la otra opción, Autoconcedermela.
Es genial, pero hay un problemilla, ese «yo» tampoco se eligió. Schopenhauer lo dejó en una frase:
«El hombre puede hacer lo que quiere, pero no querer lo que quiere».
Pensemos en Ulises. Sabe que en cuanto escuche a las sirenas va a querer lanzarse al mar. No va a poder cambiar ese impulso. Elige atarse al mástil antes. No elige qué desear; elige cómo protegerse de lo que va a desear.
Es una libertar algo floja, pero es real. Tenemos la capacidad de concedernos lo suficiente para predecir el fallo y actuar antes. Frankfurt lo llamaba «querer lo que quieres querer». Y tiene al menos tres pegas: es gradual, se entrena… y se pierde.
No puedes concederte el querer. Solo el atarte.
La caldera
Volvamos al inicio. Nadie nos ha prohibido decidir. Hemos sido nosotros, hemos delegado una decisión.
Esto enlaza con lo que contaba en el post de la duda: la inmediatez y la seguridad de las respuestas instantáneas nos quitan la costumbre de aguantar la incertidumbre. Y con el del cerebro suavizado: la función ejecutiva se entrena decidiendo, equivocándote y corrigiendo. Si no decidimos no entrenamos.
El problema es que después de decidir hay que apechugar. Decidir es solo la mitad. La carga resultante de la decisión es lo que nos empuja a madurar.
Lo curioso es que, mientras concedemos el libre albedrío a una máquina, le estamos prestando el nuestro. Lo concedido se puede retirar.
Una solucion, quiero!
No soy mucho de quejarme por quejarme sin hacer nada, he montado una cosilla: Socrátiko. Es un juego donde debates con una IA que te lleva la contraria. Eliges un tema (desde el libre albedrío a la pizza con piña), defiendes tu postura y la IA defiende la contraria. Al terminar te puntúa y te dice qué argumentaste bien y dónde flojeas.
La idea es cambiar la manera en la que usamos la IA. En vez de resolverte los problemas, te obliga a enfrentarte a tu razonamiento.
Hay oponentes para cada humor: un abogado del diablo (El cuñado), uno socrático (te hace preguntas hasta que logre hacerte caer en una trampa), uno con gracia, otro al estilo Monty Python... y un jefe, para ensayar eso de pedir un aumento. Se adapta a tu nivel, funciona en el móvil y tienes tres debates gratis a la semana.
No te va a devolver el libre albedrío. Pero es un mástil al que atarse.
Tengo claro que de existir, el libre albedrío es un musculo que si no se ejercita se oxida.
Recuérdalo cuando te toque cambiar el vaso de expansión, prueba primero a decidir tú. Luego pregúntale. Y si no coincidís... apechuga.