La extinción del juicio

La extinción del juicio

Solemos escuchar que estamos inundados de información, que somos presas de los titulares y que nuestra capacidad de atención es limitada: una vez superada, entramos en modo zombi y consumimos sin extraer el poso, si es que lo hay. El exceso de información es el defecto de nuestro tiempo, como lo fue su escasez en un pasado no tan lejano.

Pero si logramos sobreponernos al ruido, tenemos a mano herramientas que responden a prácticamente cualquier pregunta. Y si esa herramienta, además, parece pensar, entraremos de lleno en la era de las certezas. La duda pasará a ser un animal extinto, como el triceratops.

Se acabaron los titubeos.

La consecuencia, escondida bajo tanta comodidad, es la atrofia de nuestra capacidad para decidir. Hablo de esa habilidad del cerebro para tomar decisiones con un grado alto de incertidumbre: sabemos conscientemente que nos faltan datos, pero un cerebro entrenado rellena los huecos sin que nos demos cuenta. A eso lo llamamos intuición, criterio. Y es un músculo: si no se usa, se pierde.

El juicio propio puede seguir el mismo camino que el triceratops.

Y aquí llega lo jugoso: ¿qué regímenes navegan en estas aguas como auténticos tiburones? Los autoritarismos clásicos vendían seguridad y certeza, pero lo hacían en contextos de escasez informativa: controlar el relato era, sobre todo, restringir lo que se podía saber. Los nuevos no necesitan censurar nada. Les basta con controlar las respuestas, y eso resulta cada vez más sencillo porque los canales por los que llegan se están volviendo a centralizar.

Pero hay un canal que se está centralizando mucho más deprisa que la prensa o la televisión, y lo tenemos abierto en otra pestaña. La herramienta que nos da respuestas es, en sí misma, un medio de difusión. Probablemente el más eficaz que hemos inventado: no la eliges entre varias cabeceras, no pasas por delante de otros titulares y, sobre todo, no te habla como un periódico, sino como un asistente amable que solo quiere ayudarte.

Detrás hay apenas un puñado de empresas. Y no hace falta imaginar una conspiración ni un ministerio de la verdad con sede en Silicon Valley. Basta con algo mucho más aburrido: decidir qué fuentes pesan más, qué matices se omiten o qué preguntas reciben una respuesta limpia y cuáles un «hay diversas opiniones al respecto». La censura clásica tachaba párrafos. La nueva no necesita tachar nada, le basta con redactar la respuesta.

Aquí llegamos a la cuadratura del circulo. Un régimen que quiera controlar a una población de ciudadanos con criterio lo tiene difícil, porque esa gente contrasta, desconfía y se equivoca por su cuenta. Pero a una población que ha perdido la costumbre de decidir con datos incompletos no hace falta convencerla. Hace tiempo que no busca argumentos, busca respuestas, y cuando las respuestas llegan todas por la misma tubería, quien controla el grifo no necesita gritar.

No se trata de dejar de usar estas herramientas. Yo las uso a diario y no pienso volver al papel y al lápiz. Se trata de no delegar en ellas la parte que nos hace falta: el titubeo, el «no lo tengo claro», la decisión tomada a medias entre lo que sé y lo que intuyo. No es algo a corregir. Es, precisamente, lo que nos permite darnos cuenta de cuándo alguien nos está dando una respuesta que no pedimos.

Quizá dudar sea, dentro de poco, un acto político.

Cuidemos al triceratops. Todavía quedan algunos.

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