Íbamos camino del cole y pasamos por delante de una farola que parpadeaba. Mi hija se quedó mirándola un segundo y dijo, muy seria:
Ya no se escuchan las luces.
Seguimos andando. Pero ahora yo le daba vueltas.
Es pequeña y todavía le faltan palabras. Pero no se queda callada esperando a tenerlas: coge las que tiene y las estira hasta que llegan. A veces no llegan. Y a veces llegan a sitios a los que un adulto no llegaría ni con un mapa.
Un préstamo, no un error
Pensando en lo que hizo, el concepto lo tenía claro, algo que va y viene, que se corta, que falla. Le faltaba la palabra parpadear. Cogió prestada una palabra distinta para un adulto.
Es un buen préstamo. Una luz estropeada, que se entrecorta, es el mismo concepto que para el sonido de una radio mal sintonizada. Vio la conexión de una manera natural, no tiene la fricción de la experiencia que encorseta el lenguaje. Yo llevo décadas con la palabra «parpadear» en mi diccionario, no tengo que buscar otra más probable.
Ya conté en El lenguaje de Dios que primero va el concepto y luego la palabra. Tenía el concepto claro, faltaba era la etiqueta.
Intenté hacerlo yo
Para hacer lo que ella hace sin querer, me construí un entrenador. Abrí Socrátiko y me metí en una conversación disparatada, de esas que sirven para entrenar las conexiones laterales. El tema, cómo no, las luces que no se escuchan.
Yo, muy digno:
El fulgor de su voz es inaudible al violinista ciego.
Y el oponente, sin pestañear:
Solo los ciegos los oyen, porque ven con los dedos, y juran que el verde canta rancheras mientras el rojo tararea ópera con voz de tenor congestionado.
Hablaba de los semáforos. A partir de ahí la cosa degeneró: canguros moqueando en la mesa del té, pañuelos de nubes tejidos por cucarachas modistas y polvorones secos (me imagino diciendo Pamplona con el polvoron seco en la boca, XD).
Es muy divertido. Pero al terminar tuve una sensación rara.
La máquina disparata mejor que yo
Con 20 años jugaba mucho a tener conversaciones disparatadas con algunos amigos a los que les gustaba el juego. El disparate es fácil. Basta con juntar cosas al azar. Una IA lo hace a chorro y sin despeinarse (por defecto tiende a elegir la palabra más probable, y si le pides locura, elige la improbable). Cualquiera de las dos cosas le sale sola.
Lo que no le sale sola es lo de mi hija: una palabra improbable que se sostiene. El «código Morse húmedo» es precioso, pero no aguanta nada. «Ya no se escuchan las luces» aguanta todo.
Me lleva a pensarque lo lateral no es lo disparatado. El disparate es el gimnasio. La conexión que funciona es otra cosa.
El corsé de las palabras
Los adultos nos parecemos cada vez más a la máquina. Tenemos la palabra correcta, y al tenerla dejamos de buscar. El vocabulario nos hace precisos... y previsibles.
Ojo, que no quiero ponerme en plan taza de desayuno. El cerebro de un niño no es un campo sin vallas (es el que más conexiones poda). Su gracia está en que todavía no sabe dónde están los limites.
Nosotros sí lo sabemos. Demasiado bien.
Por cierto, el oponente de Socrátiko terminó la conversación hablando de «los hijos del sonido y la luz», con ojos de linterna y voz de desastre doméstico.
Sin querer, describió a mi hija. Y no se equivocó en nada.